Verano, niños y empleo remunerado: sobrevive como puedas

El verano es uno de los meses más complicados para lasa familias con niños pequeños. Por delante 10 semanas de supervivencia familiar y laboral. ¿Quién se acuerda de las familias?

 

Ya hemos dicho por aquí alguna vez que en estos seis años que llevamos de recorrido, como padres y como iniciadores de este proyecto profesional y vital que es Tacatá Comunicación, hemos podido comprobar de primera mano que eso que llaman conciliación en realidad no existe. ¿Qué es realmente conciliar? ¿Qué entendemos por conciliación? Os adelantamos que es imposible hacer al mismo tiempo dos tareas tan enormes como el trabajo remunerado y los cuidados. Es por esto que consideramos fundamental hacerlo visible y, por supuesto, reclamar insistentemente que los cuidados ocupen el lugar que les corresponden: en el centro del debate político. Porque hoy, estar presentes y cuidar pausadamente sin poner en riesgo la economía familiar y la supervivencia económica es una utopía. Lo contamos el pasado 14 de mayo en el artículo Coronavirus o cómo la conciliación familiar no existe, publicado en El País:

Ha tenido que llegar un virus, confinarnos en nuestras casas a trabajar con nuestros hijos e hijas y amenazar con extender sine die esta situación que pensábamos provisional para que de repente la conciliación conquiste elevados titulares en los medios de comunicación y nuestras conversaciones. Pero oh, sorpresa, la conciliación no existe. Eso que llamamos de forma vaga e imprecisa conciliación es, en realidad, un batiburrillo de elecciones fabricadas con un conglomerado viscoso de expectativas, redes, circunstancias personales y condiciones materiales y económicas. Son las abuelas y abuelos, las escuelas infantiles, las madres de día y la amiga que un día te salva para recoger a tus hijos porque no llegas los que dibujan el trampantojo de la conciliación. Y parecía que con eso nos bastaba, pero ahora le estamos viendo las carencias a semejante masa porque el coronavirus, parafraseando a José Saramago, nos ha demostrado que ante esta realidad éramos “ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.

Si bien es clamorosa la ausencia de medidas de sostén para las familias durante el curso escolar, algo que parece haberse hecho visible como por arte de magia durante el confinamiento, el verano es un erial. Si con suerte trabajas en casa (el 55% de los profesionales españoles se han estrenado en el teletrabajo durante la crisis por coronavirus), y tienes hijos o hijas de menos de 10 o 12 años, tendrás por delante más de 10 semanas para pensar cómo organizar el día de modo que entre demanda y urgencia puedas sacar momentos de ultraproductividad sin caer en la desmotivación y el agotamiento más absoluto. Si trabajas fuera de casa tienes un plus de complejidad: cuadra vacaciones –si es que las tienes– con tu pareja –si es que la tienes– para poder atender a los niños. Después de un ajustado plan es probable que haya semanas que no se puedan organizar de ninguna manera si no es previo pago o pasando una temporada a cargo de los abuelos –si es que los tienen– u otros familiares.

¿Cómo nos organizamos en verano con los niños si tenemos que trabajar para vivir? La respuesta en España está clara: “No haber tenido hijos”. ¿Se puede vivir con menos? A veces se puede. Otras veces es muy difícil en un entorno laboral marcado por la precariedad, el precio abusivo de la vivienda –quienes tienen la fortuna de tener un hogar en condiciones– y de la cesta de la compra. Lo sorprendente es que nadie se haya planteado que las familias necesitan ayuda. ¿Quién protege a las familias? ¿Quién ha pensado en ellas? Criar y cuidar tiene un coste económico y emocional que es difícil de asumir cuando el caos reina.

Al final solo queda sobrevivir.

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