Día Mundial de la Nutrición: ¿Nos importa lo que comemos?

Hoy, como cada 28 de mayo se celebra el Día Mundial de la Nutrición. En España, en el marco de este día, se celebra el Día Nacional de la Nutrición, una jornada organizada por la Federación Española de Sociedades de Nutrición, Alimentación y Dietética (FESNAD) que tiene el objetivo de brindar recomendaciones a todas aquellas personas que desean instaurar unos hábitos más saludables. El lema este año es Dieta Mediterránea en tiempos de pandemia, ahora más que nunca; insistiendo en el impacto que la pandemia Covid-19 está teniendo en nuestro modelo alimentario y de estilo de vida.

Es necesario recordar que aunque la nutrición es una ciencia, no toda la información que gira en torno a la nutrición está libre de pseudoterapias, mitos y falsas creencias, por eso consideramos que es más importante que nunca el rigor en nuestra profesión. También es interesante hacer un alto en el camino y reflexionar sobre los hábitos de nuestra sociedad. ¿Nos importa lo que comemos? ¿Nos preocupa? ¿Sabemos lo que comemos? ¿Cómo son el resto de hábitos?

 

Un camino pedregoso

 

Griselda Herrero, dietista-nutricionista y fundadora de Norte Salud Nutrición, acaba de publicar Comer bien en familia (ESPASA), un libro práctico y ameno en el que no sólo ofrece información sobre alimentación sino, también, un montón de juegos que ha diseñado junto a su pareja para aprender a comer de forma saludable en familia. “Aprender todos, claro, porque si queremos que nuestros hijos e hijas coman mejor debemos empezar antes por nosotros mismos. “¿De qué sirve querer que nuestros hijos coman verdura si nos ven comer a nosotros patatas fritas o dulces?”, se pregunta la dietista-nutricionista. Eso sí, un aprendizaje sin presión, ni agobios, desde la flexibilidad y el disfrute”, escribe Diana Oliver en la introducción de la entrevista que le ha hecho a la dietista-nutricionista en El País.

Y es que, aunque a menudo nos importa “lo que comemos”, pocas veces pensamos en qué es exactamente lo que nos preocupa y dónde situamos el origen de esa preocupación. Comer saludable, o mejor dicho dejar de comer mal, parece sencillo. A primera vista lo es, si tienes la información adecuada. Luego, la realidad: un agresivo y engañoso marketing alimentario, un entorno obesogénico, unas costumbres muy arraigadas y una educación alimentaria bastante deficitaria. “El problema es que la información sobre alimentación está rodeada de un montón de halos de pseudociencia e intereses alejados de la salud”, señalaba Herrero. En el caso del marketing alimentario, la experta explicaba que para saber si la información que encontramos sobre un alimento o producto tiene evidencia podemos seguir unos consejos básicos como huir de todo aquello que prometa soluciones rápidas, venga en un envase muy adornado o con muchas frases que llamen la atención, lo venda un famoso cobrando por ello, recomiende usar X producto para conseguir objetivos, o que esté alejado del sentido común.

También influyen nuestras condiciones socioeconómicas porque ser pobre, también influye en lo que podemos comer. Esto lo vimos claramente al inicio de la pandemia, cuando por ejemplo en Madrid se ofreció menús insanos a las familias más vulnerables. ¿Tienen más riesgo de padecer obesidad y aquellas enfermedades relacionadas con la mala alimentación los niños y niñas que crecen en familias con una economía precaria? Respondía el pediatra Carlos Casabona en esta entrevista que en el último estudio Aladino se constataba que tanto el sobrepeso como la obesidad siguen creciendo en las capas más desfavorecidas. “Aunque la cifra total (que era increíblemente alta, rondando el 41 %) había bajado dos o tres puntos por la mejor concienciación y acceso a la buena información que las familias con mayores ingresos tienen”, señalaba. Este hecho ha cambiado como consecuencia de la pandemia y aunque arriesgado, es casi seguro afirmar que la pandemia ha tenido un impacto en esas cifras. Y no positivamente.

Mencionábamos también que las costumbres, nuestras vivencias, y nuestra propia educación alimentaria tenía un impacto en nuestra alimentación. Un ejemplo: ¿cuántas veces asociamos “comer de todo” con comer de forma saludable o adecuada? El dietista- nutricionista Julio Basulto dejaba muy claro en esta entrevista que cuanto más amplio es tu abanico de alimentos, peor comes. “Hace años que muchos nutricionistas, y que la ciencia, cuestiona ese mantra. Yo lo dije en 2010 en el libro No más dieta. Por aquel entonces encontré sólo seis estudios que criticaban ese asunto de “hay que comer de todo”, pero hoy ya tenemos muchísimos más datos que respaldan la necesidad de dejar de sostener esta idea”. Basulto ponía como ejemplo el documento elaborado en 2018 por el Comité de Nutrición de la Asociación Americana del Corazón en el que sostenían que una mayor diversidad en la dieta puede asociarse con el aumento de peso y con la obesidad, por lo que no es una estrategia eficaz para promover patrones de alimentación saludables y un peso corporal saludable.

 

Los hábitos de los niños y niñas

 

Convertirnos en padres y madres marca un antes y un después en nuestra vida. Cambia nuestras prioridades, nuestras preocupaciones, nuestras expectativas y hasta los ritmos vitales. La alimentación es una de las cuestiones que más nos preocupan. Tanto es así que es un motivo recurrente de consulta con el pediatra. ¿De qué depende que un niño o niña coma de forma más saludable? Respondía Griselda Herrero en la entrevista citada que depende de muchas cosas. “La más importante, de la educación familiar que tenga desde el nacimiento. Los hábitos de la familia son cruciales para adquirir hábitos saludables en los niños porque no olvidemos que educamos más con el ejemplo que con la voz. ¿De qué sirve querer que nuestros hijos coman verdura si nos ven comer a nosotros patatas fritas o dulces? Para ello es evidente que debemos disponer de alimentos saludables en casa, porque de lo contrario la elección más sana será complicada. Una vez tenemos unos hábitos básicos en la familia, nunca utilizar la comida como moneda de cambio (premio, castigo, recompensa, chantaje, prohibición, obligación) porque, por un lado vamos a interferir en sus propias y naturales señales de regulación del hambre y la saciedad y, por otro, podemos generar conductas alimentarias inadecuadas ahora o en el futuro. Y por último, añadiría la flexibilidad, que creo que es clave para tener unos buenos hábitos alimentarios”. Herrero insistía en que ser flexibles en la alimentación no implica que niños y niñas elijan lo que quieran, incluso si es insano, sino de permitir poder modificar decisiones alimentarias, teniendo presentes el objetivo de salud.

Y todo desde la serenidad, la empatía, la calma, porque como decía el dietista-nutricionista Julio Basulto en una entrevista, en la alimentación de nuestros hijos e hijas no se trata de “imponer”, sino de “incorporar dentro de casa un patrón de dieta sana para que nuestros hijos aprendan con el ejemplo”.

Por último, hay que recordar que la alimentación no es el único pilar de una vida sana. Junto con la alimentación saludable, el descanso, la práctica regular de ejercicio, comer menos alimentos ultraprocesados y huir del sedentarismo son factores fundamentales. Así lo recordaba un estudio publicado en 2020 por investigadoras españolas: Impact of lifestyle behaviors in early childhood on obesity and cardiometabolic risk in children. “Todos los factores están interrelacionados y afectan a nuestra salud de forma global. Hace falta mucha educación e información a la ciudadanía, pero también intervenciones a nivel poblacional para mejorar estos hábitos”, apuntaba Sílvia Fernández en este reportaje.

Tan fácil, tan difícil.

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